Noel Nicola
ES MÁS: TE PERDONAMOS

Por: Antonio López Sánchez

Cuando llegue ese día, sólo una cosa les ruego:
¡No me permitan tener silla ni silencio!
Noel Nicola



Puede que por el sol, por la centelleante nieve de los mármoles, pero el cementerio, esta blanca ciudad dentro de la Habana, es un lugar demasiado silencioso. Hoy comenzó el día, pero no así como si nada. La noticia amaneció junto a nosotros, sin dejarnos dormir, empeñada en decirnos que algo sucedía. Noel Nicola se nos ha marchado, quizás también con zapatos de nube, para que no lo sigan sus canciones y se queden acá. A consolarnos.

En todo eso pienso mientras caminamos despacio, en voz baja, como si las palabras también movieran con calma sus pasos y sonidos, como a sabiendas de que van a despedirse. Inevitable, un estribillo me recorre la memoria y da paso a otro, a otro. Como si cada canción me intentara salvar de este silencio hecho de sol, de pasos lentos, de pájaros que ajenos y alegres hacen un coro que solo vuelve más espeso, más blanco y pesado el silencio.

Así me acompaña de la mano, imaginaria y con sus ojos anchos ahora húmedos, esa María del Carmen estremecida, retrato después tantas veces hecho real en libertades, limpias de ser virgen, libres de prejuicios. Así me estremecen los disparos por llegar, el próximo olor a pólvora, la calma que antecede a la tormenta, en los trepidantes acordes que acompañan un tranquilo fin de semana de diciembre en esas dos páginas del Diario del Che, llevadas a la canción en derroche de talento y audacia. Siento como ronda el espeso viento que trata de esconder tras oscuros sones un alma que sin embargo, siempre, noble, se le ve. Me parece, también contra el silencio y en vallejiano, musicado grito, que cuando quiero escribir me sale espuma; que nos vamos igual carne de llanto, fruta de gemido, como cuervo a fecundar su cuerva y me pregunto qué estará haciendo a esta hora alguna dulce amada de junco y capulí. Y puedo sentir de alguien que una vez más ha dado su día a los que sueñan o recordar alguna que otra herida, chorreando mujer.

Junto al mármol final lleno de flores, que se me antoja carro de hojas verdes, la voz del amigo. A Silvio le vibra la voz cuando habla de un hombre hecho "de pétalos pintados como si fueran dientes", del ser humano, del trovador en fin. Y entonces la guitarra, que no derrota al silencio, pero lo apacigua, lo amansa, le mata a besos esa feroz y pesada manta con que ahora mismo nos cubre, se despierta. Vicente canta la canción infaltable de Noel, que es ya nuestra, que siempre lo ha sido, y están las otras voces amigas para seguirlo: Lázaro, Augusto, Juan Carlos, Santiago, todos... Y es cuando en la garganta se agolpa algo parecido a los recuerdos, al dolor, a cierto acorde o verso que suena para adentro, como mar tras los ojos.

Antes de la vuelta veo unas abejas que sobre las flores que cubren la muerte, liban despacio, constantes, el seguir de la vida. Sin duda, hay demasiado silencio en este lugar. Tal vez por eso ha venido aquí el trovador. Para encontrar al silencio; para al fin y al cabo derrotarlo, cantarlo desde su estrella; hacerlo trizas y acordes; para no permitirlo como ya hizo día a día, canto a canto.

Aunque, a quienes seguimos de este lado, nos duele de veras saberlo trovador hasta siempre, escondido, invisible, detrás de una guitarra en ese misterioso afuera de donde le han llamado y va. Pero se lo perdonamos. Te perdonamos, Noel, pues de seguro que no habrá olvido. A pesar de esta mala suerte, nos queda la canción; aún así nos queda la canción, tu canción. Y esa, sin dudas, es la buena razón que nos dejas para sentir, para soñar, y amar.

Salgo otra vez a la ciudad y sin silencios, afuera la gente hace lo suyo por vivir; afuera comentan la televisión; afuera la gente habla del amor...


publicado en La Jiribilla.